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UNED Ourense aborda las relaciones entre la UE y el Magreb casi tres lustros después de las primaveras árabes

23 de mayo de 2025

El profesor David Alvarado analizó cómo, desde las primaveras árabes, la UE se ha mostrado tímida, contradictoria y muchas veces desfasada con respecto a las expectativas de cambio democrático que surgieron en Túnez, Marruecos o Libia. La sesión repasó los pilares fundamentales del partenariado euro-magrebí, detallándose los grandes desafíos de la relación y anticipando líneas estratégicas para renovar y equilibrar una relación clave para la estabilidad regional. UNED Ourense reafirma su compromiso con la reflexión crítica sobre los procesos geopolíticos contemporáneos, ofreciendo una visión académica rigurosa y actualizada acerca de uno de los vínculos más importantes, y a la vez más frágiles, del entorno internacional europeo.

OURENSE, 23 de mayo de 2025. Dentro del curso de extensión universitaria “Geopolítica de las primaveras árabes norteafricanas”, impartido por UNED Ourense, se celebró una clase magistral sobre las complejas y a menudo distantes relaciones entre la UE y los países del Magreb. Bajo el título UE-Magreb: vecinos alejados, bilateralidad a intensidad y contornos variables, David Alvarado analizó cómo, desde las primaveras árabes, la UE ha mostrado un rol tímido, contradictorio y muchas veces desfasado con respecto a las expectativas de cambio democrático que surgieron en Túnez, Egipto o Libia. La clase abordó los pilares del partenariado euro-magrebí y los grandes desafíos de la relación, estableciendo algunas conclusiones y recomendaciones para reconducir un vínculo estratégico, pero profundamente inestable.

Economía, seguridad, diálogo político y cooperación territorial

Desde hace décadas, la Unión Europea mantiene relaciones con los países del Magreb, -sobre todo Argelia, Marruecos y Túnez- que han ido evolucionando desde un enfoque postcolonial hacia uno más institucionalizado bajo el paraguas de la Política Europea de Vecindad (PEV). "Estas relaciones se estructuran en torno a cuatro ejes fundamentales que conforman el andamiaje del partenariado entre Europa y sus vecinos del sur: economía, seguridad, diálogo político y cooperación territorial", dijo Alvarado, señalando que dichos ejes son los siguientes:

  • El primero, y tal vez más consolidado, es el pilar económico, donde la UE es el principal socio comercial del Magreb, siendo destino de gran parte de sus exportaciones. Se han negociado acuerdos comerciales bilaterales y regionales, como el ambicioso ALECA (Acuerdo de Libre Comercio Completo y Ampliado) con Túnez, cuyo objetivo es integrar progresivamente sus economías al mercado comunitario. "Sin embargo, estos procesos son lentos, complejos y a menudo vistos con recelo por sectores locales que temen la competencia europea".
  • El segundo eje clave es la cooperación territorial, "que incluye aspectos tan relevantes como el medio ambiente, transporte, desarrollo sostenible, gestión de costas y políticas marítimas. La proximidad geográfica exige una coordinación constante en cuestiones como la pesca, la contaminación marina o la planificación de espacios compartidos. En este sentido, el Mediterráneo y el Atlántico actúan como puentes naturales entre ambos bloques, aunque también como zonas de fricción cuando no hay consenso en su uso compartido".
  • El tercer pilar es el diálogo político, que formalmente se mantiene mediante cumbres, reuniones ministeriales y contactos diplomáticos regulares. "Sin embargo, este diálogo es débil y condicionado por intereses coyunturales. Las instituciones europeas buscan promover valores como la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, pero sin aplicar condiciones estrictas ni ejercer presión real cuando estos principios se violan. Esto genera una percepción de doble estándar, especialmente en contextos como Argelia, donde la UE ha mantenido relaciones fluidas a pesar de la ausencia de reformas democráticas reales".
  • Finalmente, el cuarto eje es la estrategia de seguridad, un área donde la cooperación es más activa y operativa. "La lucha contra el terrorismo, el crimen organizado, el contrabando y el control de flujos migratorios son temas donde la colaboración entre servicios de inteligencia y cuerpos policiales es más estrecha. Los programas de formación, intercambio de información y asistencia técnica son habituales, aunque también generan tensiones cuando se perciben como intervencionistas o selectivos".

Estos cuatro pilares, señala el ponente, "configuran un partenariado que, aunque amplio en cobertura, carece de equilibrio y coherencia. No se trata de una relación simétrica, sino de un conjunto de vínculos desiguales, donde cada país magrebí interpreta a Europa de forma diferente y adapta su estrategia según sus propias prioridades nacionales".

Un papel retraído y contradicciones de la UE en las primaveras árabes

El estallido de las primaveras árabes en 2011 representó una oportunidad histórica para que la UE redefiniera su papel en el sur del Mediterráneo. Sin embargo, tal y como señaló David Alvarado, “Bruselas brilló por su ausencia”. Mientras apoyaba públicamente la transición democrática en Túnez, mantuvo relaciones pragmáticas con regímenes autoritarios en otros países, priorizando siempre la estabilidad por encima de la reforma política.

Este doble rasero generó desconfianza tanto en la opinión pública local como en los actores no estatales del Magreb. "A diferencia de su firmeza ante crisis lejanas -como en Venezuela-, la UE mostró reticencia a tomar posiciones claras frente a retrocesos democráticos en la región, como el endurecimiento del régimen argelino o el giro autoritario del presidente tunecino Kais Saied", indicó el ponente.

Además, el Magreb sigue viendo a Europa principalmente como un mercado y una fuente de financiación, sin reconocerla plenamente como un actor político con capacidad transformadora. Esta percepción refuerza la idea de que los países magrebíes son sujetos pasivos en una relación que carece de equilibrio real.

Durante la clase se destacaron varios desafíos clave que ponen en entredicho la eficacia y relevancia del partenariado:

  • Falta de coherencia en la política exterior europea. Mientras el Parlamento Europeo insiste en principios democráticos, el Consejo prioriza la realpolitik y la Comisión oscila según las circunstancias. Esto genera inconsistencia en el mensaje y en la acción.
  • Fragmentación interna del Magreb. Las tensiones entre Argelia y Marruecos, especialmente por el conflicto del Sáhara Occidental, impiden una aproximación regional concertada. La UE carece de mecanismos efectivos para mediar entre ellos.
  • Incertidumbre tras la pandemia y crisis económicas. Túnez atraviesa una grave situación económica que pone en riesgo su transición democrática. Marruecos y Argelia también enfrentan desafíos sociales y de empleo juvenil que alimentan la inestabilidad.
  • Dependencia energética y fragilidad en infraestructuras. El cierre del gasoducto Magreb-Europa vinculado a la crisis política y diplomática que enfrente a Marruecos y Argelia evidencia la vulnerabilidad de proyectos conjuntos y la falta de coordinación entre socios.
  • Emergencia de nuevas potencias globales: China, Turquía o Rusia están aumentando su influencia en la región, ofreciendo alternativas a la dependencia tradicional de Europa.

Conclusiones y recomendaciones para un nuevo impulso

Al finalizar la clase, David Alvarado subrayó que, si bien la UE no puede pretender imponer modelos políticos ni solucionar todos los problemas del Magreb, sí puede y debe asumir un papel más activo y coherente. Para ello, propuso varias líneas estratégicas:

  • Refundar el partenariado sobre bases más igualitarias. Superar la lógica eurocéntrica y reconocer al Magreb como un actor con capacidades y agendas propias.
  • Priorizar la gobernanza marítima y ambiental. Dada la importancia geoestratégica del Atlántico y el Mediterráneo, una cooperación integrada en estas áreas es fundamental para la seguridad y el desarrollo sostenible.
  • Fortalecer el multilateralismo en lugar de la bilateralidad constante. Impulsar iniciativas regionales que incluyan a todos los países magrebíes y fomenten el diálogo directo entre ellos.
  • Revisar el enfoque económico. Promover una cooperación más inclusiva que beneficie a sectores productivos locales, pymes y jóvenes emprendedores, no solo a grandes corporaciones.
  • Condicionalidad política flexible, pero clara. Mantener un compromiso con los valores democráticos sin caer en dogmatismos, adaptando el apoyo a cada contexto nacional.
  • Incorporar una dimensión atlántica y saheliana en la relación. No reducir el Magreb a su conexión mediterránea, sino considerar su rol en el Sahel y su vinculación con las regiones ultraperiféricas de la UE.

Casi quince años después de las primaveras árabes, la relación entre la UE y el Magreb sigue siendo marcada por el pragmatismo, la desconfianza mutua y la falta de una visión compartida. Aunque Europa sigue siendo un socio crucial para el desarrollo económico y la seguridad de la región, su influencia está siendo cuestionada por nuevos actores globales y por sociedades magrebíes que demandan más participación y justicia en las relaciones internacionales.

Como concluyó el profesor Alvarado, “el mito europeo se ha desvanecido, pero eso no significa que haya perdido relevancia. Más bien, es momento de que la UE renueve su compromiso con el Magreb, no desde la superioridad, sino desde el respeto, el diálogo y la cooperación genuina”.

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